jueves, 11 de junio de 2020


¿Cómo van las clases profe?
Preguntas como estas he recibido innumerables veces en lo corrido de la cuarentena por el Covid-19.  Y en cada una de esas veces he notado la variación en mis respuestas, empezando por un: “muy duro esto, mucho trabajo, es excesivo lo que toca hacer, no hay descanso, se trabaja casi que 24/7, esto es muy difícil”,  y terminando hoy, tres meses después, con respuestas como: “fluyendo, aprendiendo mucho, adaptada, motivada, resignificando, reinventando, construyendo, etc”.
Este cambio sustancial en mis respuestas no tiene otra razón de ser, sino el claro reflejo de lo que somos los educadores, del significado de nuestro ejercicio, o por lo menos la consideración que hago desde mi realidad como profesora.  Somos seres con enormes capacidades de adaptación, flexibles, dinámicos y creativos.  Pero considero también que esas cualidades se fundamentan en la pasión por lo que haces, sino es vocación, no es posible hallarlas ni estando en la escuela, ni en el presente reto de la virtualidad total.
He decidido escribir porque he querido compartir una experiencia más, de las que se han vivido en esta cuarentena, con obvias particularidades de contexto que hacen que la mía, no sea común a todos los profesores, entre ellas, claramente se encuentra que pertenezco al sector privado de la educación y no oficial, y que es clara la discusión al respecto de la enorme brecha y distanciamiento entre los dos escenarios, sin embargo me convoca aquí compartir precisamente mi experiencia, mi reto.  Entre otras particularidades, he contado con la posibilidad de pertenecer a una Institución que logró proyectar rápidamente los cambios que se avecinaban tras el estallido inicial de la propagación del virus y su llegada a nuestro país, a nuestra ciudad. 
Por otro lado, esa proyección permitió la toma de decisiones rápidas que permitieron adquirir todo lo necesario para poder continuar en el ejercicio de nuestra labor con los estudiantes, tanto recursos físicos como fortalecernos como equipo de trabajo en pro del apoyo mutuo y constante. Y ahí en medio de estas decisiones tomadas en el transcurso de una semana, me encontraba dando mis primeras respuestas a la famosa pregunta de… cómo van las clases y la pandemia.  Estas primeras semanas implicaron un enorme esfuerzo por descubrir formas de nuestro quehacer como docentes, y ese esfuerzo pasó por trasnochos, y horas eternas frente a la pantalla del computador descifrando, adaptando, pensando e ideando cómo enseñar a niños y jóvenes, pero esta vez desde la virtualidad completa.  No era sencillo, recuerdo que en aquel momento compartía todas mis ideas pero ninguna era tan clara, porque tras 14 años (aproximadamente) como docente, jamás tuve qué pensar algo diferente a usar mi tablero, ver a la cara a mis estudiantes, estudiar sus gestos, decodificar sus silencios, descifrar miradas, comprender sus ideas, usar el televisor, tal vez el proyector de diapositivas, luego el video beam, pero siempre allí, al lado de ellos, siempre observándolos, siempre escuchándolos en persona, leyéndolos en el papel, hablándoles y mirarlos a sus ojos, haciendo conexión y empatía con ellos o no. 
Todo esto no estaría más, y no dimensionaba el gran reto que implicaba traducir todo eso en un ambiente virtual de aprendizaje, que más allá de cumplir un currículum nos lanzaba a la responsabilidad de seguir en contacto, de no dejarlos, de acompañarlos y apoyarlos porque la incertidumbre y hasta el miedo había llegado hasta lo más recóndito de muchos, su sueño, su alimentación, sus rutinas.  Nadie sabía en aquel momento qué pasaría después, a la siguiente semana, y así, transcurrieron los primeros días en que mis respuestas a aquella pregunta eran desde la fatiga por seguir siendo ese estandarte que todos esperaban de vos, la profe.

Sin embargo, y a pesar de quedar atrapada incluso, y muchas veces,  en medio de quejas, desacuerdos, incomodidades, que por qué nos toca esto, cómo lo hacemos, no podemos, así no se puede, será que si funciona, no habrá otra manera, en fin, todos los mensajes que hicieron ruido a mi alrededor en las primeras semanas, decidí proponerme la re-invención de mi quehacer, en este momento no sé si lo logré, pero al menos sé que este reto me llevó más allá, me sacó de la zona de confort, aprendí más, y fue el momento donde empezó la variación de mis respuestas, ya pasé de un, “uff muy agotador todo esto”, a un: “uff, tremendo reto, aprendiendo mucho, investigando, probando, ensayando, experimentado!”, y en ese instante supe que quiero aprender muchísimo más de esto que me apasiona ser y hacer.
Por tanto llega el momento de permitirse probar y diseñar estrategias y ambientes de aprendizaje que superan el conocimiento y la información meramente académica, que te vuelcan a ser más inclusiva de la emocionalidad y la esencia humana, que te impulsan para crear y pensar intervenciones que no se reducen a vaciar un contenido, -aunque cabe aclarar que en mi caso, jamás me ubiqué en ese lugar-

Y entonces, es aquí donde logro acercarme a la reinvención de mi profesión,  con altibajos y las mismas o más incertidumbres supero mis propias expectativas, me doy cuenta que dar el paso me permite ampliar mi conocimiento y me reformula cada día la apuesta de la educación, que desde cualquier escenario es necesaria pensarla, bien sea desde el plano oficial o privado, necesitamos una sociedad con más educadores dispuestos a mover esa zona de confort, necesitamos más educadores dispuestos a pasar por la fatiga para re descubrir las propias posibilidades de llevar a los niños y jóvenes a pensar, crear y transformar sus realidades cercanas y ser empáticos, solidarios, honestos y respetuosos de sí mismos y hacia los demás. 
No podemos seguirnos desgastando en discursos que sólo confieren la responsabilidad de nuestra precaria educación al Sistema, al Ministerio de Educación, al gobierno en general. Si bien ya sabemos que contamos con un desgobierno, tenemos la responsabilidad de aportar y ser parte del cambio en vez de seguir alimentando las quejas de las condiciones que nos tocaron; salón pequeño, muchos estudiantes, no hay T.V, no hay video beam, no funciona el audio, no tenemos esto o aquello, porque lo que realmente necesitamos está en la convicción de ser educadores y entregar todo de nosotros en el ejercicio docente, saliendo a escena cada día, con o sin televisor, con o sin computador. Porque primero está la necesidad de crear y posibilitar el vínculo que podamos tejer con esos niños y jóvenes que esperan, o no, de nosotros, pero por los cuales tenemos la responsabilidad política de aportar en su formación.
Confío certeramente que esta realidad que vivimos hoy y que sigue en la incertidumbre del mañana, sin duda alguna, nos hace mejores maestros, y si somos mejores maestros, posibilitaremos contar con mejores seres humanos que piensen realmente en colectivo, en comunidad y no sólo en la carrera maratónica de la satisfacción individual y el ascenso social mediado por el enriquecimiento y la materialidad a costa de otras personas, de su misma persona y en general del entorno que nos rodea.
Entonces, ¿a qué le apostamos hoy?, la apuesta hoy es, a generar por medio de la educación, la capacidad de conocer y comprender el mundo para mejorarlo, desde todas las disciplinas, a que consideremos que volver a lo esencialmente humano nos permitirá seguir existiendo y co-habitando el mundo.  Y es aquí donde llego al final del recorrido de tres meses dando mis respuestas a la pregunta aquella, hoy ya respondo: “fluyendo, aprendiendo mucho, motivada, resignificando, reinventando, construyendo, aportando y apostando”. Finalmente me siento orgullosa de haber salido de mi zona de confort porque me permitió reconocerme como profesora en un escenario diferente e impensable, pero real.  
Profe Beta
Beatriz Grisales

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